La historia de Nokiate empieza hace más de veinte años en Guatemala, cuando Pablo Velásquez abrió su primer restaurante en la Zona 14 de Ciudad de Guatemala. La versión madrileña, Casa Nokiate, llega a Chueca con la misma premisa —fusión latina y asiática, coctelería propia, identidad centroamericana— y con el chef Gustavo Montestruque Bisso al frente de los fogones. El concepto funciona: la leche de tigre de castañas propia, los torreznos sobre yuca o el tiradito con ponzu tienen personalidad y hay una inteligencia culinaria detrás que no es de catálogo. El sitio sabe lo que es.
La carta es creativa y está ejecutada con criterio. Los ingredientes son frescos, los cócteles tienen recetas propias que miran a Guatemala, y los platos combinan técnica asiática con desparpajo latino de manera que no resulta forzada. Lo que es más difícil de rastrear es la proximidad: no hay proveedores con nombre, la carta no parece cambiar demasiado con la temporada y la escala del proyecto —con una empresa de comunicación (MGC&Co) gestionando su presencia— sugiere una operación más profesionalizada que artesanal. Nada malo en ello, pero es lo que es.
Chueca es hoy, según sus propios vecinos, un barrio que ya no les pertenece del todo. «Está todo lleno de turistas, es una invasión» dicen los residentes de toda la vida. Casa Nokiate encaja perfectamente en ese Chueca: un local moderno, desenfadado, ideal para una cita diferente o una cena con amigos de visita en Madrid. La nota en TheFork es 8.9, está entre los más de moda de la ciudad, y el público que lo llena viene de fuera del barrio — o directamente de fuera del país. Eso no le resta calidad, pero sí autenticidad en el sentido que medimos aquí.