La Capa es uno de esos bares que no tendrían que existir en 2025, y precisamente por eso existen. Arturo Romera, Antonio Tapia y Martin Phillipe See —tres treintañeros que se conocieron currando en hostelería— pusieron 10.000 euros cada uno para comprar un bar de barrio en Carabanchel que llevaba décadas sin que nadie lo mimara. No lo vaciaron ni lo reformaron con criterio de inversor. Lo limpiaron, pusieron vinos buenos y cocinaron de verdad. Los azulejos verdes de los sesenta siguen ahí. Las mesas de mármol redondas, también. Hasta los espejos son del abuelo de uno de los socios.
En la carta hay pocas cosas, y eso es una declaración de intenciones. Huevos fritos con kokotxas al pil-pil, escalope de pollo con pimientos confitados, ensaladilla rusa, helado de cabra artesanal. Platos que no necesitan explicación pero que están bien hechos, con producto de calidad y sin artificios. La selección de vinos naturales es seria sin ser pretenciosa —hay copas desde tres euros y botellas interesantes a precios justos—. Lo que falta, y es una crítica honesta, es evidencia de que el abastecimiento sea verdaderamente de proximidad: no se mencionan proveedores concretos ni cambios de carta por temporada.
El problema de hacer las cosas bien es que te descubren. La Capa lleva abierto poco más de un año y ya aparece en The Infatuation, en Tourism Madrid en inglés y en decenas de artículos de prensa. El bar que querían ser —un sitio del barrio, de los vecinos, sin doblar mesa— se ha convertido en destino gastronómico para foodies de toda la ciudad. Las reservas, que se abren en persona los jueves para habituales, son casi imposibles de conseguir. Hay una tensión real entre lo que el sitio quiere ser y lo que el éxito lo está convirtiendo. De momento, los tres siguen detrás de la barra.