El Centro de Madrid, que comprende barrios históricos como Sol, Palacio o Cortes, constituye el núcleo fundacional de la capital y el escenario de sus mayores transformaciones políticas y sociales desde el siglo XVI. Históricamente, este distrito funcionó como un ecosistema híbrido donde convivían las instituciones del Estado, la alta burguesía y una clase popular castiza que habitaba las tradicionales corralas y edificios de techos altos. Su origen está profundamente ligado a la actividad comercial de las plazas y a la centralidad administrativa, lo que generó un tejido social vibrante y diverso que durante siglos definió la esencia misma de lo que significaba ser madrileño.
Sin embargo, la situación actual de la zona centro es de una crisis de identidad residencial absoluta, hasta el punto de que el distrito se ha convertido en un «desierto» de población local. La explosión del alquiler vacacional y la presión de los fondos de inversión han provocado que prácticamente no queden vecinos de toda la vida; los pocos que resisten se encuentran rodeados de edificios donde el 80% o el 90% de las viviendas son apartamentos turísticos. El comercio de barrio —ferreterías, panaderías o mercerías— ha sido erradicado y sustituido por franquicias globales y tiendas de souvenirs, creando un entorno diseñado exclusivamente para el consumo itinerante. En el centro, el residente ha pasado a ser una figura en peligro de extinción en favor de un flujo constante de visitantes, transformando el corazón de la ciudad en un escaparate museístico carente de tejido vecinal real.

Neo-taberna de fusión latina y asiática en Chueca, rama madrileña de una marca nacida en Guatemala hace dos décadas.