Sol Pérez-Fragero es cordobesa y madrileña por adopción. Lleva más de una década haciendo hostelería de barrio en Madrid —La Gloria en Noviciado, Josefita en Malasaña— y cuando el centro empezó a perder lo que lo hacía especial, decidió que el siguiente paso tenía que ser Carabanchel. No para colonizarlo, sino para instalarse en él con la misma lógica que siempre: un bar donde el vecino se sienta como en casa, con cocina de abuela, vermut casero y vinos de proximidad. El nombre es un homenaje a su abuela Gloria, y eso lo dice todo sobre la escala de valores del proyecto.
La carta es andaluza sin complejos y sin aspavientos: croquetas de puchero que se han ganado su reputación, berenjenas fritas con miel de caña, salmorejo, flamenquines, ensaladilla con su encurtido. Los sábados hay platos de cuchara, los domingos arroz. No hay vanguardia, no hay robata, no hay fusión: hay cocina que sabe a lo que tiene que saber. La elaboración es casera y diaria, aunque no hay evidencia de que los proveedores sean de mercado local con nombre propio. El vermut sí es de producción propia. El nivel de la materia prima es el de un buen bar de barrio andaluz trasplantado al sur de Madrid, y eso está bien.
La gran diferencia con otros sitios de esta guía es el criterio de vecindad. Sol lo dice sin rodeos: «En Carabanchel nos llaman por nuestro nombre». Carabanchel es un barrio de verdad —con su tejido comercial, sus vecinos de toda la vida, su distancia sana del circuito foodie del centro— y La Gloria encaja en él sin forzar nada. El problema estructural es que Sol gestiona tres locales simultáneamente, lo que implica que no puede estar en todos a la vez. El alma del sitio está claramente puesta por ella, pero el día a día recae sobre el jefe de cocina Álvaro de Lucas (en el equipo desde 2015) y un equipo que ya no depende de la presencia física de la fundadora para funcionar.